1. catedral

pesaba tal vez nueve kilos menos de lo que peso ahora, mi delgadez me apenaba y una vez al mes un láser eliminaba cada vello en mí. parecerme más a lo que creía que buscaban, acercarme más a lo que creía que buscabas: el siempre más allá inalcanzable. fue en todos esos miedos en donde no sólo me perdí, sino que a ti también. 

el día era cálido. tus pies rosaban el agua y reías con tus amigos. esperé a que todos se fueran para rasurar los vellos que sobraban; me sentía imperfecto. me escondí en la esquina de la cama, esperando tu calor. me rodeaste con tus brazos en la piscina, pero sus ojos distantes no me permitían disfrutarlo como debí. el resplandor del sol ilumina a liza en su traje leopardo. en el otro extremo estás tú, riéndote con tus mejores amigos. tu cuerpo, tus rizos y el temor a perderte. 

si bajo un poco la guarda mis monstruos me atrapan. un paso atrás. abrazar con los ojos cerrados. el tiempo me abruma. el calor del verano me derrite y me funde al suelo. me parece irreal tu ausencia. la catedral de tus brazos no me aloja más. ni tregua ni asilo. tal vez si termino por aceptar todo el daño que causé pueda superar este duelo. aún no logro concebir las imágenes de todo lo bueno que fuimos. si cierro los ojos y, si me enfoco lo suficiente, nos encuentro. estamos ahí, tú y yo, abrasados, piel con piel, al agua sin importar quién está alrededor. nos vemos y sonreímos, te abrazo y cruzo mis brazos por detrás de tu cuello, tocando tu piel mojada. me sientas en tus piernas y giramos lentamente como las manecillas del reloj. 

temo convertirme en el recuerdo que recuerdo con dolor. 

la playa descuidada, cubierta de pequeñas plagas y plantas que enredaban nuestros pies, se convirtió en nuestro pequeño oasis. por la noche brincábamos un pequeño muro hecho de restos de madera, y tendíamos nuestras toallas en la arena. así era como veíamos el atardecer, aunque mi mirada se enfocaba más en el arco que formaba tu espalda. por detrás se acercaban las nubes que traían consigo la tormenta. 

por las noches nos acostábamos frente a frente. besos furtivos para resguardarnos de tu familia. entre sábanas, como delincuentes sonriendo por el crimen que estaban cometiendo, me masturbabas. era el éxtasis del aire caliente que expulsabas de tu boca en la mía el que me atrapaba. un suspiro travieso de quien espera ser atrapado, delatándose a sí mismo, esperando ser amado. 

han pasado meses ya desde aquellos días, los recuerdos son ahora tachonadas fantasmales y 

criaturas que sólo existen en los cuentos. nuestro amor como una leyenda de lo que pudo haber sido. entre los bocetos soy lo temible y lo inexistente. es así como retrato el constante miedo de lastimar y de también ser yo aquello que aún no logro sanar. bajo las ventanas de mi camioneta. repito las canciones que me recuerdan a ti. volteo hacia el frente y me esfuerzo en no ver atrás. mantengo la esperanza de que aún estés ahí parado, esperándome. 

esperándote. 

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